Una mancha roja en la rutina.


...y echaría una última mirada por la ventana hacia la calle, y, allí estaría ella, con su abrigo rojo que tanto destacaba entre la negra muchedumbre, medias negras, zapatos de tacón, bufanda blanca y boina, abriendo su colorida tienda de flores al otro lado de la calle, llevando las llaves en una mano y en la otra su cappuccino con vainilla y tres cucharadas de azúcar. El saldría por la puerta pensando como cada mañana que ese día se atrevería a decirle algo más que – ¡Buenos días!- y sonrojarse.

Original de un texto que escribí hace ya mucho tiempo.
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