
Estaba sentado en la misma mesa de siempre, con la cabeza apoyada en el vidrio mirando la gente que pasaba por la calle, o al menos, eso parecía. Se le había enfriado el café, y el cigarro apoyado en el cenicero se había consumido por completo. Ya hacía un buen rato que había perdido la noción del tiempo, sólo sabía que llevaba más de dos horas allí porqué el Sol ya se empezaba a poner. Era lo que estaba esperando. Se levantó de la mesa y sin desviar la vista de la calle, se metió la mano en el bolsillo y dejó un billete en la mesa, cogió su gabardina y su sombrero y se los puso mientras se dirigía a la puerta de la cafetería. A pesar de ir bien abrigado al salir a la calle le entró frío. Se encendió otro cigarro. Empezó a andar por la acera. Tenía la vista fija en el horizonte, en el que se empezaba a poder distinguir un puente, y debajo, el mar. Siguió andando hasta llegar a la mitad del puente. Inhaló una calada de su cigarro y sacó el humo mirando al cielo. Empezaron a caer copos de nieve. ''¡No llores!, ¡Que no llores te digo!'' No paraba de repetirse a si mismo, sin embargo, él no estaba llorando.



